Muchos
argumentos son los que desplazan el origen, argumentos que surgieron de un
pensamiento contrario que se fue expandiendo y propagando, ganando adherentes hasta
establecerse como lo “cierto y aceptable”. La verdad es que por más razones que
se tengan a favor de un comportamiento esto no quiere decir que sea la forma
correcta de actuar. Tenemos que ir al origen de todo para saber cómo
encaminarse y continuar con entendimiento.
Cuando
enseñamos siempre queremos que el estudiante aprenda y no se frustre si no lo
logra, así como también nos alegramos con quienes adquieren con prontitud los
conocimientos. El punto está en cómo expresamos nuestra ansiedad y/o felicidad
en el proceso de enseñanza/aprendizaje.
La
manera en que nos expresemos ante nuestros estudiantes determina en ellos su
aceptación o rechazo hacia sí mismos, entre pares y desde y hacia su educador, ya que somos junto a los padres los principales
transmisores de emociones como la ansiedad al querer “que me vaya bien”,
frustración al no tener los resultados esperados, o felicidad al lograrlos,
entre otras.
Cómo
debemos presentarnos ante el proceso de enseñanza y aprendizaje, qué es lo que
hemos aprendido en nuestra cultura, qué recompensas tenemos por nuestros
resultados y por qué si como adultos no nos agrada la comparación entre “buenos
y malos” lo continuamos propagando.
Aceptamos
sin refutar la desvalorización, el temor, la competencia, las rencillas, las
frustraciones como si fueran pequeñas personitas capaces de hablarnos haciéndonos
pensar que eso somos y eso debemos sentir por los resultados que obtuvimos
marcando de forma corrupta la identidad.
Desde
el origen, desde el principio, claramente cada uno tiene una recompensa por su
trabajo, cada quien se esfuerza por rendir al máximo y desarrollar sus habilidades,
cada quien tiene capacidades que debe utilizar y dentro de lo mismo ayudar a
los demás a hacerlo también para fines comunes y de servicio, lo cual se
diferencia con la cultura aprendida, que también se esfuerza por desenvolverse
cada vez mejor pero no mirando al otro, sino con la vista fija en sí mismo y si
mira a quienes están a su alrededor es para apurarse y que no lo alcancen,
individualismo total.
En
nuestros estudiantes lo vemos con claridad, su lenguaje y actitudes lo
evidencian, ¿quién tiene más lápices, quién tiene lo más moderno, quién pasea
más con su familia, quién tuvo la mejor nota, quién fue más veloz en deportes? Etc,
etc, todo centrado en quién buscando
a Uno que destaque de los demás. ¿De dónde surge esto y en dónde se aloja?,
claramente en el corazón, desde ahí salen los pensamientos e intenciones, y
lamentablemente somos nosotros quienes lo alimentamos, entonces crece y se
propaga ya no solo compitiendo en el curso sino con los hermanos y padres,
familias con familias, en fin todo conectado en un mismo sentir “Competir y
ganar”.
Debemos
adelgazar este corazón inflado de pensamientos chatarra, somos los
responsables, meditando en nosotros y muriendo a mis propios fines empiezo a
darme, amplío mi vista a que hay más habitantes en la tierra aparte de mí que
me necesitan y yo de ellos. Entonces puedo cambiar mi lenguaje hacia quienes
absorben como verdad todo lo que les transmito y adelgazo su ego en el corazón
alimentando su origen en darse a los demás y querer desarrollar sus habilidades
por el bien de todos.
Tengamos
presente que es en el corazón donde comienzan las guerras.
Enseñemos
con base en el amor, éste confía y genera confianza, entonces cuando no conozco
algo no temo a preguntar ni pedir ayuda, no me fijo en la calificación no es mi
prioridad para aprender, cuando nuestra
base está en el amor la mirada es transformada y vemos a los niños siempre
logrando todo aunque en apariencia no se vea así. En cambio, cuando nuestra
base es el temor porque nosotros mismos tememos, se presenta la necesidad de
aprobación, de aceptación, la ansiedad de que viene la prueba y debe irme bien,
el miedo de la calificación y que ahí acaba todo porque me da miedo reparar lo
que erré, entonces sigo errando… Selah
Es
el por qué del aprendizaje, por qué necesito conocer, experimentar y aprender
de mis pares y autoridades, utilizar lo que conozco, servir a la comunidad. Esto
quitará todo temor que provoca la “Nota” midiendo qué tan bueno soy. O nos
sirve de mucho tener puntajes nacionales y excelencia académica si cuando en la
Nación ocurren desastres naturales el sistema educacional no dice presente, las
universidades no envían a sus jóvenes a ayudar… ¿tan centrados estamos en
nuestros logros que más vale no atrasarse en el plan académico que levantar
nuestra Nación?
¿Es
un papel más importante que tu vida? Esta pregunta se la hice hace unos días a
una niña de 3° básico que no tuvo una calificación deseada por su familia, lo
cual la llenó de temor por la reacción que tendrían sus padres, estaba
completamente atemorizada, nerviosa y ansiosa. Por tanto, mostrándole la prueba
le dije ¿qué ves? – papel, hojas – y
¿Quién eres tú?, ¿es un papel, son estas hojas más importante que tu vida? – no.
Claramente
si no se conoce la identidad hasta un papel inanimado le va a hablar a su alma.
Esta
autoridad cada persona la otorga, y en los pequeños son las familias
responsables de definir la identidad en sus hijos y los maestros de guiarlos,
de no promover la competencia, de colaborar y no compararme. Cuando alguien
sabe quién es, y a quién es semejante, es decir, tiene su identidad sana, no se
compara ni molesta cuando algo no le resulta como esperaba, no se frustra sino
pide ayuda porque confía y entrega también su ayuda a los demás.
Soy
más importante que un papel, soy más importante que un número, que un nivel de
desempeño, estas cosas no me definen, pero si continuamos por ese camino esa
será nuestra imagen y semejanza, porque eso será lo que nos defina.
Selah
Merajoq
